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Actualidad

06/06/2022

Destacan el aporte comunitario de las Oficinas de Vinculación Tecnológica del CONICET

“El compromiso local para que las producciones beneficien a la sociedad, nos convierte en una de las Oficinas de Vinculación Tecnológica del CONICET más importantes del país”, expresó Cynthia González, responsable de la Oficina de Vinculación Tecnológica del CONICET NOA Sur.

Foto gentileza Conicet NOA Sur.

Jorge Sábato fue un profesor, físico y tecnólogo argentino, que postuló hace más de 50 años la necesidad de fortalecer la articulación entre el Estado –en carácter de diseñador y ejecutor de las políticas-; la infraestructura científico-tecnológica –ámbito en el que se genera la oferta- y el sector productivo –actor demandante de la tecnología-, para con ello tender al robustecimiento del sistema científico-tecnológico nacional.

A este modelo llamado Triángulo de Sábato, con ecos fructíferos en toda Latinoamérica, lo pensó como norma general para representar el ideal de articulación con vistas al desarrollo, y en el que puedan “triangular” eficientemente estos tres espacios. O, dicho de otro modo, con la idea de que los tres “lados” se conecten e interrelacionen en un ida y vuelta constantes, y sinérgicamente. 

Esta herramienta diseñada para construir ese sólido puente entre ciencia y sociedad, para el CONICET NOA Sur es fundamental. Por eso, en la jornada en la que se conmemoró el Día de la Vinculación Tecnológica -justamente en homenaje al natalicio de Sábato y su encomiable aporte- toma mucha más fuerza la implicancia que ésta cumple como vehículo para que los avances científicos se traduzcan en beneficios para la sociedad. 

El rol de la OVT 

Es imposible siquiera imaginar que el calibre de producciones científicas regionales está ahí…en el aire, inmutable. Desde que Sábato postulo su modelo, el sector científico no tuvo más que aggiornarse a sus premisas para efectivizar los alcances en términos de avances tecnológicos. Y el CONICET, como principal institución de ciencia y tecnología del país tampoco estuvo exento de hacerlo; de hecho, le otorgó un valor sustancial creando una Gerencia institucional de Vinculación Tecnológica (GVT), que actúa como unidad de enlace entre las demandas de innovación tecnológica de los diversos sectores de la sociedad, y los equipos de investigadores y profesionales de la institución. 

El NOA Sur también tiene representación a través de la Oficina de Vinculación Tecnológica (OVT). Con un equipo especializado -conformado actualmente por cinco profesionales que integran el área-, gestiona casos derivados de múltiples disciplinas con el propósito de lograr una simbiosis entre los investigadores, las investigadoras y la comunidad mediante el intercambio de aprendizajes que contribuyan a la solución de problemas sociales. Esta es la forma en la que aporta al desarrollo local, regional y nacional, proporcionando al mejoramiento de la calidad de vida de la población con especial énfasis en los grupos de atención prioritaria. 

“El compromiso local para que las producciones beneficien a la sociedad, nos convierte en una de las Oficinas de Vinculación Tecnológica del CONICET más importantes del país”, destaca Cynthia González, responsable actual de la oficina que viabiliza mediante convenios, articulaciones, servicios de STAN, entre otros vínculos, los resultados que obtienen los científicos y las científicas de Tucumán, Catamarca y Santiago del Estero. De esta manera, la ciencia retribuye -con avances tecnológicos y sociales para el mejoramiento de la calidad de vida- el esfuerzo que los ciudadanos y las ciudadanas hacen pagando sus impuestos. 

Además de la emplazada en Tucumán, son 16 más las OVTs del CONICET que, distribuidas en diferentes puntos del país, acercan las capacidades del Consejo a las necesidades de los sectores socio-productivos en el territorio, y se interiorizan de las demandas de innovación de las organizaciones públicas y privadas nacionales. Esta red se compone por más de 40 vinculadores en toda Argentina, y es coordinada por la GVT institucional. 

Un caso ejemplar con relevancia internacional 

Es importante entender que todo desarrollo tecnológico nace con la producción del conocimiento científico previo. Podríamos asumir por consiguiente que la ciencia básica es la “madre” de todos los avances tecnológicos. Lo cierto es que se trata de un proceso que muchas veces demora meses o años, y en otros tantos casos hasta décadas. 

Para identificar y caracterizar dos principios activos de origen biológico, que dieron lugar a insumos biotecnológicos, Atilio Castagnaro, director del CONICET NOA Sur, dedicó prácticamente toda su vida. Fueron largos 25 años que le demandó el proceso, y sobre el cual señala tres hitos significativos: la investigación básica que llegó hasta la “prueba de concepto” del efecto biológico de ambos principios activos; su patentamiento; y por último el desarrollo de bioinsumos logrado gracias a la injerencia y el financiamiento de la empresa ANNUIT S.A. 

Pero antes de anticipar los detalles de estos dos desarrollos, vale aclarar qué son los bioinsumos de aplicación agrícola. Concretamente son productos biológicos para el agro que tienen como principio activo a una o varias moléculas de origen natural (microbiano, animal o vegetal) y/ o a microorganismos vivos. A diferencia de los insumos o agroquímicos convencionales, son productos cuyos activos no provienen de la síntesis química, y por ese motivo, se biodegradan con mucha más facilidad que los agroquímicos sintéticos, lo cual hace que su impacto ambiental negativo sea mucho menor. Además, al no tener un origen fósil, derivado de fuentes petroquímicas, motivo por el cual pueden considerarse “renovables”. 

“En 1995, cuando nos encontramos con el doctor Juan Carlos Díaz Ricci en el Instituto Superior de Investigaciones Biológicas (INSIBIO, CONICET-UNT) al regreso de nuestras extensas instancias doctorales y posdoctorales en el extranjero, él como ingeniero químico y yo agrónomo nos juntamos a pergeñar una estrategia científico-tecnológica que contribuyera, en un principio, a solucionar un problema productivo importante para Tucumán conocido -localmente en ese momento- como la ´muerte de plantas´”, recuerda Castagnaro, y agrega que era provocada por una enfermedad fúngica (producida por hongos) que afectaba al cultivo de la frutilla, específicamente. A partir de allí avanzan por dos vías que asumían como complementarias: el mejoramiento genético clásico y la búsqueda de microorganismos o sustancias derivadas de ese agroecosistema en particular, que no afectasen la salud humana y ambiental, y que pudieran ser usadas para controlar esa enfermedad. 

Sin embargo, a pesar de ese primer contacto fortuito, ambos sabían que la aproximación para desarrollar bioinsumos era incierta: se conocía poco sobre estos productos, y había escasa base científica al respecto. Al mismo tiempo consideraban que podrían servir también para otros cultivos, lo que propendería a contribuir con el desafiante cambio cultural de incrementar no solamente la sostenibilidad económica de la agronomía, sino también la ambiental y la social. 

Los desarrollos 

El biocontrolador Plant Stimulator and Protector 1, o PSP1, llegó al mercado con el nombre comercial de Howler. “Para que esto ocurriera no fue suficiente la extraordinaria confluencia interinstitucional entre la EEAOC y el CONICET, sino que hizo falta una alianza estratégica con la empresa ANNUIT SA, que a su vez se asoció con Summit Agro del grupo japonés Sumitomo Corporation, aclara el agrónomo, y explica que se trató de un trabajo “mancomunado” y “maratónico” en el que, a través de diferentes tesinas de grado, se evaluaron una inmensa cantidad de hongos patógenos y no patógenos hasta comprobar que un genotipo determinado de la especie Acremonium strictum, cuando era inactivado, inducía la resistencia en variedades de frutilla susceptibles a la enfermedad de la antracnosis (enfermedad de las plantas recurrente en climas húmedos y calurosos, causada por varios hongos de los géneros Colletotrichum, Gloesporium y Coniothyrium). 

Los doctores Sergio Miguel Salazar y Josefina Racedo fueron quienes caracterizaron un microorganismo patógeno fúngico que activa la defensa de las plantas (Acremonium strictum SS71). Al mismo tiempo, la doctora Nadia Chalfoun –todos especialistas del Instituto de Tecnología Agroindustrial del NOA (ITANOA, CONICET-EEAOC)- descubrió que el “poder inductor” residía en una proteína producida por este aislado denominada AsES (Acremonium strictum elicitor subtilisin), que activa y aumenta las defensas en las plantas y mejora su nivel de protección frente a distintos tipos de estrés bióticos y abióticos. 

La identificación de la proteína se llevó a cabo en Madrid con la ayuda del grupo que dirigía el doctor Gabriel Salcedo Durán (fallecido en 2012) en la Escuela Técnica Superior de Ingenieros Agrónomos. Asimismo, la determinación de la secuencia del gen que codifica la proteína, llevada a cabo en el INSIBIO -en el marco de la Tesis doctoral de la doctora Chalfoun- permitió la protección intelectual en Argentina en el año 2012 y, posteriormente, se hizo extensiva a 19 países de los cinco continentes. 

El desarrollo de la tecnología a partir de estos conocimientos básicos (generados en dos tesinas de licenciatura y dos tesis doctorales dirigidas por Díaz Ricci y Castagnaro) se concretó en la EEAOC de Tucumán, y en el ITANOA. Desde el año 2011, la doctora Chalfoun, bajo la dirección de los doctores Björn Welin y Castagnaro, empezó a trabajar en la vinculación con el sector privado (específicamente con la empresa ANNUIT S.A.) para desarrollar una formulación cuyo ingrediente activo principal fuera la proteína AsES. También para escalar su producción y estudiar sus efectos en diferentes cultivos. Así nació Howler, un bioinductor y bioactivador de las defensas naturales de las plantas. Sus inventores lo comparan con una vacuna, pero de origen vegetal, porque activa la inmunidad innata de las plantas a través de una serie de rutas de señalización de respuestas bioquímicas. 

Por otro lado, el PlantStimulator and Protector 2, o PSP2, surge de una investigación iniciada con las tesis doctorales de las doctoras María Paula Filippone y Alicia Mamaní de Marchese, investigadoras del ITANOA en ese entonces, quienes aislaron e identificaron compuestos bioactivos del grupo de los taninos hidrolizables (elagi- y galo-taninos) a partir de hojas de frutilla (Fragaria x ananassa). Dichos compuestos tienen una amplia actividad antimicrobiana, y poseen además la capacidad para activar las defensas contra diversos patógenos en la frutilla y otros cultivos. Esto desencadenó en la realización de numerosos experimentos que les permitieron comprobar que estos compuestos, debidamente formulados, podían ser muy útiles para implementar estrategias de manejo fitosanitario en distintos cultivos. La tecnología derivada fue patentada en Argentina, Brasil y México, y además se diseñó un protocolo para la obtención de los compuestos bioactivos a mayor escala (nivel de planta piloto), con el objetivo de avanzar hacia el desarrollo de un producto comercial. 

Esta investigación, bajo la dirección de ambas investigadoras, constituyó el trabajo doctoral de la doctor Pia Di Peto el cual. Este dato no es menor: en el año 2019 recibió el primer premio BIOVALOR en la categoría Tesis Doctoral, otorgado por la entonces Secretaría de Gobierno de Agroindustria de la Nación. 

Las investigaciones iniciadas en el INSIBIO continuaron en el ITANOA, donde además se purificó un tercer compuesto, tarea en la que también participó el doctor Carlos Grellet Bournonville, liderando el proceso de identificación gracias a una colaboración interdisciplinaria e interinstitucional que involucró a la doctora Alicia Couto de la UBA. Este compuesto, de naturaleza química distinta a los anteriores, resultó un nuevo tipo de glucósido de ácido graso que no había sido descrito con anterioridad, y que reúne, en una sola molécula, propiedades antimicrobianas activadoras de la defensa contra patógenos y promotoras del crecimiento vegetal.

Fuente: Conicet NOA SUR